En la lúgubre estación ya nadie espera el tren, todo está desierto, todo huele a muerto: Entre la espesa bruma cuesta vislumbrar lo más cercano al visitante que se atreve a entrar a la estación de las almas, donde todos, algún día, esperaremos al tren que nos llevará a la fiesta oscura, una fiesta de nocturnidad perpetua a la que te acabas por acostumbrar cuando terminas asumiendo que el tren solo es de ida y que no volverás.
Las pocas flores que perduran ya se rindieron a la niebla y absorben con ansia los pocos rayos de luz que osan traspasar tan profano ambiente. Las pobres se retuercen, parece que se quejen, que griten, que pidan clemencia, que lloren…
Los charcos dominan el lugar; la humedad no te deja respirar; las gotas caen cual lágrimas de Dios que se compadece por haber perdido la batalla contra el mal en ese lugar y así el temible Belcebú abre los brazos invitandote a entrar.
El cartel de “cerrado” golpea la ventana donde en algún momento hubo vida, frente a la cual una madre riñó a su hijo, frente a la cual dos enamorados celebraron un encuentro o frente a la cual una mujer sonreía a su amigo.
En algún momento aquí hubo vida; todo era color y alegría pero un buen día todo cambió: La gente ya no reía, no salió el sol al mediodía y ya no hubo más vida.
Un embase inocente fue atropellado por el frio acero de una antigua locomotora; la gente aun recuerda el sonido del débil cuerpo contra las ventanas , el color de las rojas gotas de sangre, el olor a óxido y el sabor a miedo. Desde entonces todo se acabó. Los únicos que se aventuran dentro de la estación mueren ahogados por el aire maldito como bocanadas del mismo diablo o de pena a causa de los malos recuerdos, los sueños rotos y las más tristes pesadillas que se unen en ese lugar conectado al infierno por el fino hilo humano.
Se oyen vibrar las vias, se oye el quejido de las tablas de madera y las piedrecitas se lanzan violentamente para ambos lados. El único tren que se atreve a pisar el mundo fuera del alcance de Dios está a punto de llegar. Es un tren vacio de carne, vacio de personas pero lleno hasta los topes.
Esperan a que el tren pare y abra sus puertas con una sonora barahúnda. Dentro huele a flores, un olor vicioso, un olor empalagoso junto al calor asfixiante de las llamas del infierno de este mundo paralelo. Entran y ven a más como ellas: Más altas, más bajas, más anchas o más finas pero todas igual de tristes, igual de solas pese a estar entre el bullicio. Unas son de niños con marcas de ruedas en el pecho, otras de hombres mayores con estomagos abiertos por cirujanos inexpertos y aun con las vestiduras de hospital, tal como murieron, por error, sin haber, sin avisar. Pleno de todo y de nada, pero siempre maldito por el dolor de alguien muerto sin querer. Con el peso encima de las personas vivas que llevan el dolor de fallar aquella operacion, por haber bebido o por un descuido, de haber apretado el acelerador traspasando la fina linia que te lleva a la tristeza y a los horribles recuerdos. Ellos tambien son mentales viajantes en el tren de las almas sin dueño, sin cielo o infierno que les ampare.
Viajantes del tren de las almas perdidas.

Asombroso.
jeje…
Me he quedado pensando en si de verdad será asi.
Dios llora por la batalla que perdió?
Las flores piden clemencia en un sitio en el que esa palabra no existe?
Las almas…de verdad les espera eso a las almas inocentes?
Muy bueno, Sonya…
Me imagine todo, hasta estuve alli. solo que no me subi en el tren,
me quede mirando la pequeña luz que llegaba debil a las flores y con el polvo bailando entre su brillantez y dije…
aun hay esperanza.
Me gusta el texto.
ciao