Todo empezó con un beso.
¿Un beso inocente? Yo no diría tanto. Fue un beso. Un beso pesado y sentido. Apasionado.
Y cuando acabaste, te separaste de mi lentamente, con los ojos cerrados y una sonrisa en los labios. Yo también sonreía. Nunca me habían dado un beso así. Fue como un secreto.
Tenía que pensar que eso se quedaba ahí. Tú me besabas. Yo te besaba. Quizá hicieramos el amor. Pero yo me iría a la mañana siguiente y los dos olvidaríamos que esto había pasado.
Otra noche más para ti. Una noche más para mi.
Pero no fue así.
Me atraías. Muchisimo. De una forma especial, quería quedarme contigo, no quería separarme de ti. Me gustaba el calor que desprendías, tu olor, tu piel … Y quería sentirla contra mi piel. Y lo supiste.
No sabía que hacer cuando te noté sobre mi. Estaba nerviosa, confundida. Sentía que hacía algo malo. Pero pronto dejé de pensar en todo. Perdía la noción del tiempo. Te besaba durante horas que me parecían minutos y no quería dejar ni un segundo entre beso y beso porque se me hacía eterno.
Cuando al fin noté tu vientre junto al mio, sentí que todo había valido la pena. Todo lo malo se convirtió en un camino hasta ese lugar. Nada de lo que hubiera hecho tenía ningún sentido excepto el de llevarme a ese momento contigo.
Y ahí es donde me dejé llevar por ti.
Era algo nuevo. Y como nuevo, lo interpreté como breve. Pero tú le diste un sentido que yo necesitaba.
Ahora no se que hacer. Te beso cuando te veo. Te cojo de la mano. Te miro a los ojos y sonrio. Pero no pareces querer lo que quiero.
¿Qué quieres?